Sunday, February 10, 2008
Saturday, February 09, 2008
SWF: los Fondos Soberanos de Inversión, nuevos protagonistas.- I. Génesis y desarrollo a escala internacional
De Estrelladigital, del 31 de enero de 2008, reproducimos el artículo del epígrafe, de Ramón TAMAMES, en la idea de que pueda ser interesante para los lectores:
En la crisis de las hipotecas basura que se desató en EE.UU. en el verano del 2007, y cuyas consecuencias finales aún están lejos de haberse medido, tal como he subrayado en algún artículo anterior, hay nuevos protagonistas. Y fundamentalmente, en lo tocante a entidades financieras, los fondos soberanos de inversión (Sovereign Wealth Funds, en inglés, SWF), que se han mostrado especialmente activos en los últimos tiempos, tomando participaciones (stakes) importantes en algunos de los bancos más destacados, muy afectados por la crisis de las subprime. Y habida cuenta de la importancia de este fenómeno, le dedicaremos dos entregas en Estrella Digital, la de hoy, y la del próximo jueves 7 de febrero.
El primer fondo soberano se creó en 1956, por la entonces administración colonial británica de las Islas Gilbert (hoy Kiribati, con presencia en la ONU, en la Micronesia, Océano Pacífico, de una extensión de solo 811 km2 y 110.000 habitantes, y con un PIB en 2006 de 85 millones de dólares), al objeto de crear reservas financieras precautorias para el futuro, ante el eventual agotamiento de las explotaciones de fosfatos. A fin de contar así, en su día, con recursos económicos para una población tan dependiente de una única materia prima. Actualmente, ese fondo es el Kiribati Revenue Equalization Reserve Fund, dimensionado en unos 520 millones de dólares, equivalentes a seis veces el PIB del Estado insular en cuestión.
En un cuadro preparado por Peter Thal Larsen y publicado el 24.1.08 en el Financial Times, citando expresamente como fuente de sus informaciones un libro del Dr. Gerard Lyons (State Capitalism: The rise of sovereign wealth funds, Standard Chartered, octubre 2007), se hace una clasificación del tamaño estimado de los diez principales SWF actualmente en funcionamiento, que reproducimos a continuación. Debiendo señalarse, aunque sólo sea de paso, que en España tenemos el “Fondo de Garantía de las Pensiones de la Seguridad Social”, actualmente en 52.000 millones de euros (76.400 millones de dólares), que ocuparía el puesto número 7 del ranking en el referido cuadro; aunque la mencionada institución española aún no tiene autorización para invertir en renta variable, al haber quedado en el tintero de las Cortes recién disueltas la ley que prevé tal eventualidad.
De esos diez fondos, ADIA es quizá el más conocido, por ser hasta ahora el más potente; como resultado de la gran acumulación de recursos procedentes de los hidrocarburos y otros ingresos muy diversificados ya en Abu Dhabi, el principal de los siete estados que en federación componen los Emiratos Árabes Unidos.
Pero el más llamativo de los SWF, por haberse creado recientemente y tener un gran potencial de crecimiento, es el CIC (China Investment Corporation), gerenciado por las autoridades de Pekín, con una dotación inicial de 200.000 millones de dólares, extraída de las ingentes reservas internacionales del Banco Nacional del Pueblo (BNP), el banco central de la República Popular, que se sitúan en un nivel de 1,6 billones de dólares en enero de 2008.
La creación del CIC se debe a que los chinos están mostrando ya una cierta fatiga por la ingente cantidad de bonos del Tesoro de EE.UU. que tienen en sus reservas, que les rinden por debajo del 2 por 100; en tanto que en sus emisiones de deuda interior, la retribución no puede ser inferior al cuatro. Lógicamente, en tal situación, con el espectacular crecimiento de las reservas del BNP, el CIC irá creciendo por razones fundamentalmente financieras, en busca de una razonable rentabilidad de las reservas.
En su conjunto, el total de recursos de que disponen los nuevos colosos de la inversión internacional, se sitúa entre dos y tres billones de dólares. Con fuertes posibilidades de expansión, debida a los crecientes precios del crudo, en el caso de los países del Golfo; pero también en los de Noruega, Rusia, EE.UU. con Alaska, y Brunei. Y en el caso de China y Singapur por su gran acumulación de reservas vía un comercio exterior muy diversificado.
Las inversiones más recientes de los SWF, se han traducido en tomas de posición en algunas de las entidades financieras más importantes del mundo que, como ya se ha dicho, pasan por serias dificultades a causa de la crisis de los hipotecarios; del estilo de Citigroup, Merrill Lynch, Morgan Stanley, etc., con impactos mediáticos muy sensacionalistas.
La explicación de esas inversiones tan sonadas es bien sencilla: sin necesidad de grandes estudios previos –“nos conocemos todos más que bien”, ha dicho un experto—, se han movido cifras de gran alcance que ya convierten a los fondos citados en el cuadro de referencia, en actores fundamentales del escenario financiero mundial. En un ambiente en el que la pretensión de que los SWF son absolutamente neutrales, y que sólo buscan una retribución conveniente a sus recursos líquidos, sin pretensiones políticas ni siquiera de gestión, está siendo objeto de debate. Desde principios del 2007, cuando el ADIA, el fondo soberano de Abu Dhabi, quiso hacerse con la entidad que gerencia los principales puertos de EE.UU. Pero ese capítulo de críticas y reclamaciones, será objeto de tratamiento en la segunda entrega de este artículo, que se producirá en Estrella Digital que se producirá el próximo jueves 7 de febrero.
Algunas de las críticas más duras sobre tales SWF proceden de quienes estiman que para allegar recursos en momentos de crisis, las grandes entidades financieras internacionales podrían haber recurrido al mercado tradicional propio; a base de emitir bonos. Pero lo cierto es que eso habría requerido una rapidez que no siempre resultaba posible y además, en momentos en que la confianza no estaba, ni mucho menos, tan generalizada como antes.
El país donde mayor sensibilidad se ha desarrollado sobre los SWF es EE.UU.: “Sería mejor que las compañías no necesitaran tanto capital de apoyo. Y si lo necesitan, sería mejor que fueran capitales americanos”, manifestó al respecto el senador demócrata por Nueva York Charles Schumer, según cita de Anna Grau (ABC, 21.1.08), en un contexto de indudable alarma, donde la inversión extranjera alcanzó en 2007 la notable cifra de 273.000 millones. Por su parte, Jim Cramer, un conocido analista de inversiones, también estadounidense, ha manifestado que en enero de 2008, con la más clara demagogia: “¿Estamos dispuestos a ver nuestros bancos en manos de los comunistas o incluso de los terroristas?”. Con no pocos banqueros y empresarios opinando lo mismo, al criticar que se esté llegando a una situación de marcada “dependencia”.
Sin embargo, otras voces resuenan en EE.UU. con actitudes muy distintas. Así sucede con Thea Lee, representante de la principal central sindical (AFL-CIO), quien cree que no hay necesidad ni posibilidad de ponerse en contra de los flujos de capital que acceden al país: “América necesita inversión, y no estamos en condiciones de poner pegas a de dónde viene”. En esa misma línea, y con no poca clarividencia, Jack y Suzy (su esposa) Welch, se pronuncian en BusinessWeek (1.1.08) con un párrafo informativo-comentarista que no tiene desperdicio:
“El holding estatal de Singapur Temasek compró recientemente el 9 por 100 de Merrill Lynch, el gobierno de China gastó cinco millones de dólares tomando posiciones en Morgan Stanley, y el grupo de inversión estatal de Dubai adquirió un arriesgado 6,5 por 100 en MGM Mirage. Transacciones, todas ellas, que parecen sugerir que los inversores extranjeros, gubernamentales o individuales, están comprando compañías estadounidenses por antiguas razones de oportunidad. Al estimar que esas compañías, muy veteranas, pueden enseñarles mucho, y que están muy infravaloradas por la debilidad del dólar y las malas coyunturas, en la seguridad de que un día volverán a ser fuertes… En definitiva, la actividad de los SWF es la natural evolución de la globalización, y al menos por ahora, resulta un buen negocio”.
A escala de los foros internacionales, hay manifestaciones para todos los gustos. Así, en Davos, según el testimonio de Walter Oppenheimer (El País, 25.1.08), el ministro de finanzas ruso, Alexéi Kudrin, se opuso a las restricciones suscitadas por algunos occidentales a las inversiones de los SWF, asegurando que “cuando las economías desarrolladas entraban en los mercados y compraban industrias por aquí y por allá, nadie pedía restringir sus actuaciones”.
En una visión más analítica de la cuestión, Richard Fuld, consejero delegado de Lehman Brothers, explica que los fondos soberanos “añaden liquidez y reducen volatilidad”, estimando que si en la actualidad manejan 2,5 billones de dólares (1,75 billones de euros), esa cifra podría multiplicarse por cinco si continua el aumento de los precios energéticos. El problema, manifiesta Fuld, “es que el 70 por 100 de los fondos está dominado por cinco países: Rusia, China, Kuwait, Singapur, Noruega y Emiratos Árabes”.
En una línea muy previsora, Larry Summers, ex secretario del Tesoro de EE.UU., y por un tiempo rector de la Universidad de Harvard, defiende la idea de que el G-7 imponga a los SWF un cierto código deontológico. Para que se comprometan a no especular con divisas, o a no utilizar políticamente sus grandes recursos. Lo cual recuerda un poco la pretensión de la Constitución Española de 1812, cuando en ella se decía que los “españoles deben ser justos y benéficos”.
En la misma dirección, subrayando sobre todo el tema de una mayor transparencia –saber, por medio de informes anuales, qué hacen, en qué invierten, y cómo se comportan las SWF en los mercados de derivados— es la propuesta de The Economist (19.1.08). Y en la misma línea se pronuncia BusinessWeek (21.1.08), que de paso subraya que sólo seis Estados del Golfo manejan activos de 1,7 billones de dólares, tanto como los Hedge Funds de todo el mundo.
Los SWF también se defienden con toda contundencia. En ese sentido, Bader al Saad, presidente y consejero delegado de KIA, subrayó que Kuwait lleva “50 años utilizando los fondos soberanos sin problemas. Somos socios, pero sin voto”. Y Mohamed al Passer, vicegobernador de la Agencia Monetaria de Arabia Saudí, defiende el “papel estabilizador” de tales entidades. Finalmente, la ministra noruega de Finanzas, Kristin Halvorsen, destacó que en su país los fondos soberanos están controlados por el Parlamento. En esa misma dirección, el FMI ya ha intervenido para preguntar a Singapur, Noruega y Abu Dhabi sobre la composición de sus SWF (Financial Times, 25.1.08), en la idea de que en algún momento haya un código de conducta autoredactado por los Estados propietarios de los fondos.
En definitiva, podríamos decir, los SWF están aquí para quedarse, y tendremos que referirnos a ellos con frecuencia a lo largo de los próximos tiempos, con ocasión de los episodios financieros que vayan produciéndose. A poco que se recuerde que si el volumen de inversiones extranjeras totales en el planeta en un año normal se sitúa en torno a los 600.000 millones de dólares, los SWF podrían tener capacidades de hasta cinco veces esa cifra.
Y además, la capacidad de gestión puede mejorar rápidamente, por el hecho de que los SWF están en condiciones de contratar a verdaderas luminarias para su gerencia (¿por qué no alguno de ellos al propio Warren Buffet?), a fin de lograr las máximas rentabilidades.
Por último, señalemos que la relevancia adquirida por estos fondos, viene a significar que el proceso de integración financiera mundial está acelerándose: los países emergentes piden paso para entrar en los círculos donde se toman las grandes decisiones. Todo lo cual va a contribuir a la tendencia, cada vez mayor, de que si globalizamos la financiación hasta los límites que estamos viendo, también habrá de globalizarse la moneda. Un tema, este último, al que me he referido en varias ocasiones, y sobre el que volveremos en su momento en Estrella DigitalCuando el gobierno de Abu Dhabi anunció a finales de noviembre que había adquirido el 4,9% de Citigroup por 7.500 millones de dólares, la reacción general fue de alivio porque de este modo la empresa podría salir de la crisis de las hipotecas subprime o de alto riesgo.
Por este mismo motivo se recibía con los brazos abiertos la venta a principios de diciembre del 10,8% de UBS al gobierno de Singapur y a un inversor desconocido de Oriente Medio por 11.500 millones de dólares.
Pero el hecho de que la propiedad esté en manos extranjeras –o para ser más precisos, en manos de gobiernos extranjeros- ¿es algo realmente bueno? Muchos expertos creen que debemos mantener los ojos bien abiertos ante esta floreciente tendencia, en especial en busca de cualquier señal que muestre que estos fondos dejan de ser meras inversiones y se convierten en vehículos para ejercer presión política en los países “objetivo”. “Creo que la presión política es una preocupación legítima, pero en mi opinión aún no se han detectado señales de alarma”, dice el profesor de Finanzas de Wharton Franklin Allen.
No hay nada intrínsicamente malo en la propiedad extranjera, sugiere el profesor de Finanzas de Wharton Richard Marston, pero la propiedad en manos de gobiernos extranjeros podría ser diferente de la propiedad en manos de empresas extranjeras. “Claramente hay sectores en los que sería preocupante que ciertos países fuesen propietarios”, dice señalando el caso del sector aéreo y los contratos militares. “Es preocupante que sean gobiernos y es preocupante su motivación”.
Los gobiernos, a través de fondos soberanos conocidos como sovereign wealth funds o fondos de inversión estatales, han invertido este año miles de millones de dólares en empresas financieras de Occidente, desde Bear Stearns y Barclays a HSBC Holdings o el Grupo Blackstone, comprando participaciones a precios muy atractivos como consecuencia de la crisis de las hipotecas subprime. Es más, dos fondos estatales de Oriente Medio poseen en la actualidad un tercio de la Bolsa de Londres.
Ninguna de estas inversiones ha despertado tantos temores como cuando en 2006 una empresa propiedad del gobierno de los Emiratos Árabes Unidos manifestaba su intención de adquirir una empresa responsable de la gestión de diversos puertos estadounidenses; se podía respirar cierta incomodidad por el hecho de que un país de Oriente Medio participase en el control de potenciales puntos de entrada de terroristas. “Cuando se trata de chinos o árabes, los motivos en parte responden a cuestiones emocionales”, sostiene Marston.
Preocupación por el secretismo
No obstante, a algunos políticos y economistas les preocupa el creciente poder de los fondos soberanos, en su mayoría basados en Oriente Medio y Asia. El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que estos fondos controlan unos 3 billones de dólares en activos, cifra que en 1990 apenas superaba los 500 millones. Asimismo, el FMI cree que van a seguir creciendo hasta alcanzar en 2012 los 10 billones de dólares.
Las inversiones internacionales no son nada nuevo, pero los fondos soberanos plantean una serie de cuestiones especiales porque las decisiones de inversión están controladas por gobiernos, no por individuos o corporaciones. Y a diferencia de los bancos centrales -que suelen invertir sus reservas en activos como fondos del tesoro estadounidense-, es frecuente que los fondos soberanos inviertan en corporaciones. Este año el principal país receptor de estos fondos ha sido Estados Unidos.
Se estima que los 20 mayores fondos soberanos, cada uno valorado en más de 10.000 millones de dólares, controlan más de 2 billones de dólares en activos, eclipsando los 1,5 billones de dólares que supuestamente gestionan los fondos de inversión especulativos de alto riesgo o hedge funds, para los cuales se ha reclamado una mayor regulación debido a su capacidad de influencia sobre los mercados. Al igual que los hedge funds, la mayoría de los fondos de inversión estatales son secretos. No existe un listado exhaustivo con lo que poseen, ni tienen obligación de hacer pública su política de inversión.
Según un análisis frecuentemente citado llevado a cabo por Edwin M. Truman, miembro senior del Peterson Institute for Internacional Economics en Washington D.C., el fondo Abu Dhabi Investment Authority, creado en 1976, es el mayor fondo de inversión estatal, y sus activos se estiman entre 500.000-875.000 millones de dólares. El siguiente en importancia es el Government of Singapore Investment Corp., creado en 1981 y valorado en 100.000-330.000 millones de dólares. Singapur también gestiona el fondo creado en 1974 llamado Temasek Holdings, cuyo valor estimado es de 108.000 millones de dólares. A principios de diciembre, Temasek declaró su intención de proporcionar 1.000 millones de dólares a un fondo de capital riesgo puesto en marcha por la estadounidense Goldman Sachs Group para invertir en China.
Noruega tiene 308.000 millones de dólares en su Government Pension Fund. Dos fondos de Kuwait alcanzan conjuntamente los 213.000 millones de dólares. Rusia tiene un fondo de 122.000 millones de dólares y China un fondo de 66.000 dólares. Otros grandes fondos están gestionados por Qatar, Argelia, Brunei, Corea, Malasia, Kazajistán, Venezuela, Canadá, Irán y Nueva Zelanda.
Aunque estos fondos son en principio habituales en países con superávit comercial, Estados Unidos tiene, el Alaska Permanent Fund, gestionado por el estado de Alaska y creado en 1976 para reinvertir los beneficios procedentes del petróleo.
El fondo más antiguo, que existe desde 1960, es el Kuwait’s General Reserve Fund. Ahora los fondos captan más nuestra atención por el descomunal tamaño que están adquiriendo debido al precio del petróleo. Truman sostiene que los fondos aún podrían crecer más si los países que los gestionan estuviesen interesados en desviar más reservas en forma de divisa extranjera hacia los mismos. Por ejemplo, China dispone de 66.000 millones de dólares en su fondo soberano pero tiene más de 1,2 billones de dólares en reservas, en su mayoría invertidos en bonos del tesoro estadounidense. En opinión de Allen, China podría estar interesada en dedicar más dinero a sus fondos estatales por temor a que la adquisición de más bonos del tesoro desestabilice el mercado de bonos. “Si invierten todo su dinero en bonos del tesoro, se van a empezar a observar efectos sobre los precios”, explica.
Reinvertir -por el momento- los beneficios del petróleo
El motivo por el que la mayor parte de los fondos soberanos están creciendo desmesuradamente es el espectacular aumento del precio del petróleo. De hecho, no es coincidencia que los mayores fondos pertenezcan a naciones productoras de petróleo, las cuales utilizan estos fondos para reinvertir los beneficios del petróleo y así poder disponer de nuevas fuentes de ingresos cuando el petróleo se acabe, señala Marston. De hecho, el fondo de Noruega -modelo a imitar en cuanto a su gestión-, fue creado para reinvertir los beneficios derivados del petróleo del Mar del Norte. “Básicamente se plantearon lo siguiente: En lugar de distribuir ahora toda la riqueza, queremos guardar algo para el futuro para que los noruegos puedan disfrutar de una anualidad cuando el petróleo se agote”.
Los países que acumulan reservas en forma de divisas extranjeras normalmente las invierten en activos líquidos como letras y bonos de tesoro estadounidense. Pero cuando las reservas alcanzan un tamaño suficiente como para cubrir cualquier situación de corto plazo –como una intervención para estabilizar el tipo de cambio-, los países empiezan a valorar la posibilidad de comprometer su dinero en inversiones a largo plazo con mayor rendimiento, explica el profesor de Finanzas de Wharton Richard J. Herring. “Si tus necesidades de liquidez están cubiertas, entonces empiezas a pensar en hacer inversiones de más largo plazo. Es una reacción muy natural”.
Dado que los fondos soberanos tradicionalmente han adoptado a la hora de invertir un enfoque de largo plazo, poseen una enorme influencia estabilizadora sobre los mercados financieros mundiales, explica Herring. Pero como la magnitud de los 20 fondos más importantes es tan relevante, un porcentaje muy pequeño de personas -que con frecuencia suelen vivir en países autocráticos- acaban concentrando muchísimo poder económico. Por el contrario, la mucha menor cuantía controlada por los hedge funds está dividida entre miles de individuos.
En un artículo del Financial Times publicado el pasado mes de julio, el ex secretario de Tesoro y presidente de Harvard Lawrence Summers señalaba que los gobiernos-accionistas no siempre tienen que compartir intereses con el resto de accionistas “normales”. “La lógica del sistema capitalista depende de que los accionistas hagan que el objetivo de las empresas sea maximizar el valor de sus acciones”, escribía Summers. “Resulta obvio que, con el paso del tiempo, éste será la única motivación de los gobiernos como accionistas. Los gobiernos quieren ver que sus empresas compiten de forma eficiente, o bien acceder a tecnología o tener influencia”.
Los países receptores o gobiernos “objetivo” podrían al final acabar viviendo situaciones extrañas, explicaba. “¿Qué ocurrirá cuando un país se una a determinada coalición y pida al presidente de Estados Unidos que apoye una rebaja fiscal para una empresa en la que ha invertido? ¿O cuando se debata sobre ayudar o no a una empresa en dificultades cuya deuda está básicamente en manos del banco central de un país aliado?
Hasta el momento no se han producido casos significativos en los que se haya utilizado dicho poder con fines políticos u otros fines. Uno de los pocos casos reseñables es relativamente “suave”: en junio de 2006 el fondo noruego vendió sus 400 millones de dólares en acciones de Wal-Mart criticando el modo en que la empresa trataba a sus trabajadores.
No obstante, la tentación de utilizar el poder financiero con fines no financieros siempre ha estado presente, sostiene Herring recordando que en los 80 muchas universidades estadounidenses y fondos de pensiones se desvincularon de empresas que hacían negocios en Sudáfrica. “Muchos grandes inversores rehacían sus carteras por motivos que no eran económicos. Son cosas que ocurren cuando la gestión de un fondo obedece en parte a motivos políticos”.
Una mirada interna a las empresas occidentales
En opinión de Herring, las inversiones que estos fondos soberanos realizan en empresas de servicios financieros podrían deberse no sólo a la esperanza de obtener buenos rendimientos, sino al deseo de aprender cómo operan esas empresas occidentales. Además de los últimos acuerdos señalados, a principios de este año China pagaba 3.000 millones de dólares por una participación del 9,3% en Blackstone Group, la firma de capital-riesgo con sede en Nueva York. “En mi opinión estas inversiones son muy diferentes al tipo de inversiones pasivas en carteras que se pueden ver en Noruega”.
Es más, esto no debe constituir una señal de alarma, ya que el gobierno de Estados Unidos puede intervenir si realmente detecta un problema. “Las normas pueden cambiar si nos empieza a preocupar, por ejemplo, el negocio del cultivo agrario porque consideramos que tiene una importancia estratégica”. La legislación estadounidense da la bienvenida a las inversiones extranjeras siempre y cuando no supongan riesgos para la seguridad nacional.
Para muchos expertos, la mayor preocupación hoy en día no son los potenciales problemas políticos, sino la incertidumbre sobre cómo los fondos de inversión estatales pueden afectar a los mercados financieros. En un artículo publicado este otoño en Finance & Development, una publicación trimestral del Fondo Monetario Internacional, el director de investigaciones Simon Johnson señalaba que “desafortunadamente no sabemos muchos sobre los fondos soberanos. Son pocos los que publican información sobre sus activos, obligaciones o estrategias de inversión”.
En su opinión, si los fondos siguen una estrategia de largo plazo –comprar y retener las acciones-, contribuirán a la estabilización de los mercados. Asimismo, Johnson señalaba alguna evidencia anecdótica de inversiones realizadas por estos fondos estatales en otros fondos, como por ejemplo hedge funds, que tienen un efecto multiplicador a través de los préstamos. Los préstamos pueden desestabilizar los mercados cuando las cosas se ponen feas.
El valor global de los valores cotizados se acerca a los 165 billones de dólares; así pues, los 3 billones de dólares en fondos de inversión estatales no deberían, por el momento, ser muy preocupantes, escribía Johnson. Pero si la cifra alcanza los 10 billones y muchos fondos recurren a los préstamos, tal vez se necesite cierta supervisión, añadía.
Truman, del Peterson Institute, defiende “un incremento masivo de la transparencia y responsabilidades” de los fondos de inversión estatales. Al menos los fondos deberían, en su opinión, publicar informes anuales detallando sus estrategias de inversión y sus activos. Este otoño el Departamento del Tesoro de Estados Unidos pedía al FMI y al Banco Mundial que elaborasen una guía “de buenas prácticas” para los fondos de inversión estatales.
Allen, Herring y Marston están de acuerdo en que una mayor transparencia sería algo positivo. Sin embargo, Herring señala la dificultad para imponerla. “Es difícil conseguir que se cumplan las directrices voluntarias cuando las personas que toman las decisiones de inversión no están realmente involucradas en la elaboración de dichas directrices”.
Publicado el: 1/9/08
http://wharton.universia.net/index.cfm?fa=viewArticle&ID=1454
Labels: fondos soberanos
Subscribe to Posts [Atom]
